La fiebre tifoidea es una enfermedad infecciosa provocada por una bacteria llamada Salmonella enterica y sus subtipos typhi y, en menor grado, paratyphi A, B y C. Es una enfermedad bastante bien estudiada y, a pesar de eso muy mal comprendida por pacientes y médicos.

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Hace algunos días, una de mis pacientes acudió a consulta con su pequeño hijo de 7 años, el niño se veía rebosante de salud, no refería ningún síntoma (siempre interrogo a los niños que me toca atender cuando es posible) y parecía más aburrido que enfermo.Cuando comienzo a interrogar a la madre acerca del motivo de su visita me cuenta preocupada que el padre del niño fue diagnosticado con fiebre tifoidea, que desea una revisión de su hijo porque ayer convivió con el padre y “jura” que vio al niño tomar agua del mismo vaso que su progenitor y que además, este es muy cariñoso y no deja de besar al niño siempre que tiene oportunidad. Hice mi interrogatorio dirigido pertinente y sin decir más palabras procedí a explorar al niño. Un rato después, todavía con mis manos bajo el chorro del agua, comienzo a dar a la madre una de mis ya conocidas pláticas de consulta.

—¿Qué tanto ha oído hablar de la fiebre tifoidea? —pregunté a la madre mientras dirigía mi vista hacia ella, tiraba la toalla desechable en mi cesto de basura y me dirigía a tomar asiento detrás de mi escritorio. Normalmente no espero una respuesta extensa a este cuestionamiento, la mayoría de mis pacientes contestan con ideas vagas o definiciones simples, pero esta vez sería un poco diferente. —Mucho, doctor, en mi casa todos padecemos “las fiebres” y a la mayoría de nosotros cada año “nos retoñan” —contestó confiada la madre mientras su hijo sacaba discretamente el celular del bolso de mano que habían puesto sobre mi escritorio. —A mí me la contagió mi madre desde que me daba pecho y yo la fui “regando” con todos mis hermanos— continuaba con un tono de voz colmado de confianza que, casi estoy seguro, es análogo al que utiliza al impartir la clases de sus alumnos de primaria. —Hace un año a mi hermano le “pegó” muy fuerte, ya había visto más de tres doctores y se había puesto 15 inyecciones y nada —continuó la madre contando sus experiencias, —y se curó hasta que, en un rancho, le conseguimos carne de coyote.

La charla continuó unos minutos más donde logró explicarme la cantidad de veces que los miembros de su familia habían padecido la enfermedad, cómo todos se habían hecho “expertos” en la misma y que conocían a la perfección los medicamentos que siempre les recetaban, al grado de solo hacerse pruebas (reacciones febriles) dos veces al año y conseguir en las farmacias esas sustancias que, ya sabían, eran efectivas para su padecimiento. Interrumpí amablemente su diálogo y continué con mi clase de tifoidea para pacientes. Mis pacientes se sintieron interesados, resolví sus preguntas al final de la consulta y salieron, con más tranquilidad, sin receta , y espero, con una manera distinta de ver la enfermedad.

En medicina debemos luchar a favor de la ciencia y en contra de ideas erróneas que puedan ser dañinas para nuestros pacientes, y poner este deber en nuestra agenda de consulta diaria. También evitar siempre la idea de que nuestro paciente tiene cierto conocimiento médico, adaptar nuestras palabras al nivel de cada persona asegurándonos que lo que estamos diciendo es entendible y, por tanto, pueda ser recordado; no podemos llegar a pensar que el lenguaje que utilizamos es totalmente comprensible para ellos sin darnos cuenta que nosotros tomamos años en adquirirlo como un argot diario. También debemos abandonar esa confiada idea de que todo lo que escribimos en la receta será ejecutado al pie de la letra por un paciente que no tiene voluntad propia y que este ve como la solución última a su problema ese trozo de papel ya que si no lo hacemos estaríamos equivocandonos rotundamente. Al llegar al consultorio nuestros pacientes ya tienen cierto acervo de la enfermedad que padecen, en la era de internet llegan incluso con opciones diagnósticas, automedicados y, más allá, con resultados de laboratorio que se realizaron sin solicitud previa de un médico y solo para comparar con los valores que algún buscador de internet les dio; pero también llegan con prejuicios, costumbres, tradiciones, creencias e ideas que, en lo referente a la enfermedad, y cuando no ha sido instruidas por personal sanitario capacitado, son erróneas. En la experiencia plasmada líneas antes ya había ideas que llevaban años arraigadas en la mente de mi paciente, quien había recibido educación formal hasta el grado de licenciatura, que había desfilado por muchos consultorios médicos y había convivido, tal vez, continuamente con esta enfermedad. Partiendo de esto, podemos darnos cuenta que uno de los ejes principales de la consulta es generar confianza, pero más que eso transformarnos en un “influencer” personal de nuestros pacientes y lograr que nos vean como un guía en la toma de decisiones saludables de su día a día, una guía con mayor factor de impacto que los resultados de un buscador de internet. Esa confianza y esa guía harán que, gradualmente, nuestros pacientes dejen de cometer esos “pecados de paciente” que tanto aborrecemos como la automedicación, el mal apego a los tratamientos, la falta de interés por el cambio del estilo de vida e, incluso, el abandono de la medicina científica en favor de las medicinas alternativas con los desenlaces fatales que ya conocemos. Por último, y no menos importante: antes de ser médicos somos seres humanos, y muchas veces con prejuicios y tradiciones que contravienen la ciencia médica que debemos abrazar. Por esto, antes de ponernos la bata blanca y responsabilizarnos de la salud de otro ser humano debemos dejar todos los prejuicios dañinos, olvidar esas tradiciones generacionales y comportarnos como hombres de ciencia que somos, con ideas dinámicas pero bien fundadas en la evidencia científica aunque ésta sea contraria a lo que una vez creímos. En esta época todavía oigo a colegas recomendar remedios caseros para el empacho o meditación y “coaching” para la depresión con el argumento de que “si no le sirve, no le hace daño”, y esta conducta debe cambiar.

Esta breve charla donde yo esperaba que mi paciente aprendiera acerca de una enfermedad y esto ayudara a mejorar su calidad de vida me trajo un gran aprendizaje y reafirma mi idea de que, muchas veces, en la atención primaria, una asesoría es igual o más valiosa que una receta médica con una lista de píldoras qué hay que tomar.

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